
Para José Catagña Morales, la música que brota de su pingullo ha marcado cada etapa de su vida. Cuando niño solía pastar las borregos tocando su instrumento; desde “chiquitico”, como se describe. El pingullo era la travesura, era su juguete; que le había regalado su abuelita.

En las tardes de pastoreo, compartía esta actividad con sus amigos y al mismo tiempo jugaban a las mishadas; se debatían entre melodías entonadas con sus pingullos. La música se inclinaba del un lado de la quebrada a otro. Estas melodías entonadas al azar fueron tomando ritmo con el paso de los años. Su padre Teodoro que cuenta con 80 años, influyó mucho en la vocación de José por este privilegiado arte con identidad.
Las praderas que tapizan el Barrio Guantugloma en la Parroquia de La Merced, han palpitado con la música de estos artistas de barro. Provocando nostalgia y alegría con sus composiciones, dan fe de la importante transcendencia que tiene este instrumento en la vida de nuestros pueblos.
La niñez fue la mejor época de su vida; pero José tiene que admitir también que al llegar su juventud, las necesidades fueron apareciendo y sin opción a escoger, viajó al oriente: para trabajar. Guardó su instrumento, y se alejó de su pueblo natal.
El tiempo regresó a su cause y ahora es muy solicitado para tocar en las fiestas tradicionales, con 53 años de vida, José sabe entonar una docena de melodías que fue repitiendo al oído, pero las modificó a su gusto: para los rucos, para el mayor, para el curiquingue, para el guiador por ejemplo. Confiesa que cuando bailan bonito se contagia de ese éxtasis y quisiera que alguien tocara, para bailar. Recuerda como danzaba cuando su padre tocaba en las fiestas.
El silbido armonioso de su pingullo acompañado del tambor, llenan de vida la humilde morada de José. Con la contagiante melodía que evoca historia, tristeza disfrazada de danza, el tambor retumba en mi cabeza. La música me invita ha danzar, ha saltar al ritmo palpitante del corazón; uno puede sentir algo dentro de su alma: una caja y un pingullo.
Así es un domingo por la tarde en casa de mi amigo José, en lo alto de uno de los cerros del Ilaló la música cierra el telón y nos muestra el tesoro viviente que tenemos como vecino.
El sonido fino del pingullo deja de sonar, José me está traduciendo su código: “Ya estoy viniendo, ya estoy viniendo en Corpus; ahora que yo estoy llegando, ahora sí, sigan bailando…”. Escuchar esta poesía que únicamente la sabe interpretar nuestro pingullero, puede reflejar en parte, el enorme significado que tiene la música, el ritmo y el personaje en sí, en la cosmovisión comunitaria. Nunca me imaginé, pero en realidad su ritmo habla. Ya cayó la noche y nos despedimos de José Catagña; del otro lado de la quebrada, escucho nuevamente la música que me llama, es el silbido del pingullo, que habla por don José: se está despidiendo.
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